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Cuando en 1941 se publicó en Nueva York un libro fundamental en la historia del folklore y de la música tradicional española, Folk Music and Poetry of Spain and Portugal hacía ya seis años que su autor, Kurt Schlinder (Berlín, 17 de febrero de 1882 – Nueva York, 16 de noviembre de 1935), había muerto.
Schlinder fue un compositor, director, musicólogo y folklorista, judío alemán, afincado en Estados Unidos desde los primeros años del siglo XX. Nació en el seno de una familia adinerada y recibió una formación musical esmerada en Berlín y Múnich, iniciando una prometedora carrera como compositor y director de ópera, en contacto con los músicos alemanes más importantes, como Karl Adolf Lorenz, Gustav Mahler y Richard Strauss. La ruina económica de la familia llevó a Kurt Schlinder a hacerse cargo de su hermano menor y a emigrar a Estados Unidos en 1905. En 1909 fundó su primer coro profesional en Nueva York, el MacDowell Club Chorus, embrión de la prestigiosa Schola Cantorum, que dirigió hasta 1926, pasando a ocupar posteriormente un modesto puesto como profesor de música en el Bennington College (Vermont) (Katz, 1991: 33-38). La vida de Schindler estuvo rodeada desde joven por dificultades económicas y tragedias, desde la temprana muerte de sus padres y la también prematura de su esposa, la actriz rusa Vera Androuchevitch. Asediado frecuentemente por la enfermedad, murió como consecuencia de un cáncer con solo 53 años.
En los programas de los conciertos de la Schola Cantorum en Nueva York se incluían temas populares de distintas procedencias, fundamentalmente del folklore judío, ruso y español. Estos últimos conocidos por Schindler a través de los cancioneros impresos debidos a Pedrell, Olmeda, Ledesma, etc. (Onís, 1941: xiii). Se ha señalado que el interés del músico alemán por la recogida de canciones tradicionales dependió también de la relación con folkloristas norteamericanos, como Natalie Curtis investigadora del folklore musical de los afronorteamericanos y de varios grupos de pobladores originarios, quien le facilitó ejemplos de antiguas canciones hispánicas que todavía se cantaban en algunos lugares de las Rocosas, por si le interesaban para sus pesquisas españolas (Katz, 1991: 43). No obstante, sus contactos con la música coral española habían comenzado ya en 1917 a través de su amistad y el intercambio musical con Lluis Millet, director del Orfeó Català (Olarte, 2009). La programación de conciertos con repertorio español celebrados por la Schola en Nueva York en 1918, 1919 y 1920 (Olarte, 2021; Ramírez García, 2024), sirvió como primer contacto de Schindler con Federico de Onís, que desde su llegada a la Universidad de Columbia para establecer el programa de estudios españoles en 1916 estaba actuando como delegado del Centro de Estudios Históricos, y donde un poco después, en 1920, fundaría y dirigiría el Hispanic Institute, uno de los núcleos de extensión de los estudios hispánicos en el extranjero más importantes ligados a la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas.
A través de estas colaboraciones musicales con las actividades de Onís en Nueva York, Schindler entró en contacto con el mecenas estadounidense Archer Milton Hungtinton, quien le invitó en 1920 a formar parte como miembro correspondiente de la Hispanic Society of America. Auspiciado por ella Schindler realiza en 1919 un primer viaje por España y Marruecos para adquirir libros y material musical impreso con el que formar una colección de música de compositores españoles antiguos y modernos con destino a su biblioteca (Onís, 1941: xiii; Katz, 1991: 33). En la Hispanic Society se conserva también un archivo con las fotografías que Schindler hizo en España (Montoya y Olarte, 2012; Olarte, 2024). Entre 1920 y 1925 pasó los veranos en el país profundizando en su interés por la música, el idioma castellano y la cultura popular española (Katz, 1991: 35-36). A partir de diciembre de 1927 y hasta 1935 sus estancias serán continuas, aunque compaginará sus recorridos por España y Portugal con viajes a otros países y sus regresos frecuentes a Nueva York para atender sus asuntos personales (Olarte, 2009).
El primer trabajo de campo propiamente dicho, dedicado a la recogida de música tradicional en España, lo llevó a cabo entre el otoño de 1928 y diciembre de 1931 y se centró en Castilla, concretamente recorriendo las provincias de León, Soria, Burgos y Logroño. El resultado obtenido en esta primera cala en la tradición musical española viva, junto a los problemas profesionales que tenía en Estados Unidos convencieron a Schindler de que su futuro debía estar dedicado a completar esta obra. Calculaba, por los trabajos de recopilación ya iniciados, que si se exploraba cada una de las 49 provincias españolas el cancionero obtenido podría arrojar la cifra de más de 25.000 canciones y, para esta enorme tarea, convenció a Federico de Onís, que consiguió la intervención en el proyecto del Consejo de Investigación para las Humanidades de la Universidad de Columbia y una beca del Departamento de Lenguas Románicas para subvencionar el trabajo de Schindler, cuyas estancias en la Península Ibérica estuvieron también apoyadas por la Hispanic Society y el Centro de Estudios Históricos. Para optimizar el tiempo de trabajo de campo era necesario dotar al investigador con medios de vida, pero también con medios técnicos y humanos especializados. Los filólogos y folkloristas del Centro de Estudios Históricos, concretamente Eduardo Martínez Torner, ayudaron a Schindler en sus prospecciones y en ocasiones le acompañaron a muchas localidades (González Cubas, 1993). También otros intelectuales y personas reconocidas en los medios culturales le acompañaron en España, como su amigo José Arnaldo Weissberger, un reconocido marchante de arte, checoslovaco de nacimiento y nacionalizado español, aunque con lazos familiares en Nueva York (Pérez-Flecha, 2024). Aparte del CEH, otras instituciones, como el Patronato Nacional de Turismo, también facilitaron los viajes y actividades de Schindler en España (Molina y Gea, 2020). La Universidad de Columbia subvencionó dos ayudantes para el proyecto y proporcionó un gramófono transportable Fairchild en el que se podían grabar directamente discos de aluminio, gracias a lo cual en un periodo corto, entre julio de 1932 y enero de 1933, se consiguió hacer un trabajo mucho más amplio y productivo, extendido a Santander, Asturias, Castilla, Toledo, Extremadura y Portugal, grabándose unos 159 discos, que comprendían casi 500 piezas (Onís, 1941: xxi; Katz, 1991: 37; Olarte, 2010).
Tomás Navarro Tomás y Eduardo Martínez Torner en el laboratorio de fonética del CEH. @CSIC. ACCHS. Signatura: ATN/GMO/f0855
Problemas de salud y su prematura muerte no solo impidieron a Schindler culminar este proyecto con nuevas encuestas, sino dar a conocer al menos parte del material recogido. Así, aunque a su vuelta a Estados Unidos pudo terminar la transcripción musical de las canciones grabadas en discos en su último viaje, la publicación de su colección no se llevaría a cabo sino años después de su muerte.
El trabajo de Kurt Schindler en España no fue un hecho aislado, ni el producto de un investigador excéntrico. Bien al contrario, su proyecto formaba parte de un plan general para la renovación de la enseñanza superior y la investigación que se puso en marcha con la creación de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas en 1907. Dentro de ella, el Centro de Estudios Históricos, fundado en 1910 y dirigido por Menéndez Pidal, tenía entre sus objetivos “organizar misiones científicas, excavaciones y exploraciones para el estudio de los monumentos, documentos, dialectos, folklore, instituciones y, en general, cuanto pueda ser fuente de conocimiento histórico” (Real Decreto de creación del CEH). La internacionalización era el principio fundamental para el trabajo de la JAE y así el CEH servía como un ámbito que permitía, por un lado, organizar y tener el mayor control sobre el envío de pensionados y becarios fuera, con las mayores garantías de preparación y aprovechamiento, y por otro, proporcionar una base de aterrizaje a los regresados que, fuera de la Universidad, no tenían ninguna opción de seguir manteniendo su actividad académica.
Los centros de la JAE comienzan, sobre todo a partir de la Primera Guerra Mundial, a ser visitados y frecuentados por estudiantes e investigadores extranjeros y a partir de 1916 se inicia la experiencia de traer a España a profesores de universidades extranjeras para impartir prácticas y cursos de especialización. En paralelo, se pone en marcha una política de establecimiento de cátedras y seminarios de lengua y cultura españolas diseminados por los campus universitarios de muchos países de América y Europa, y se establecen múltiples relaciones entre la JAE y distintas instituciones culturales y científicas internacionales. El Departamento de Estudios Hispánicos de La Universidad de Columbia en Nueva York, dinamizado por Federico de Onís, Ángel del Río y Pilar Madariaga era uno de estos centros. El CEH consiguió aglutinar en torno a su núcleo de investigadores a los científicos foráneos atraídos por el estudio de las lenguas y las culturas hispánicas, muchas veces con un objetivo comparativo.
Por otro lado, el exotismo de la cultura tradicional española y su enorme variedad y riqueza en aquellas décadas iniciales del siglo XX constituyó un foco de atractivo para la investigación folklórica llevada a cabo, tanto por los propios españoles –liderados por los investigadores del CEH, Eduardo Martínez Torner, Federico de Onís, Tomás Navarro Tomás, Américo Castro, Aurelio de Llano, Manuel Manrique de Lara, etc.- como por algunos extranjeros, entre los cuales podemos incluir a Kurt Schlinder. El aliciente de poder entrar en contacto directo con realidades culturales arcaicas, todavía vivas en el campo español, tan alejado de los estándares de desarrollo tecnológico y los modelos vida moderna que se extendían por los países occidentales, constituía en el caso de nuestra cultura popular y tradicional un atractivo todavía mayor en el caso de los investigadores e intelectuales norteamericanos.
Fotografía de grupo en la Residencia de Estudiantes donde aparecen Tomás Navarro Tomás y Américo Castro entre otros. @CSIC. ACCHS. Signatura: ATN/MON/016
La obra de Schlinder quedó inconclusa, interrumpida por su muerte, pero en un sentido más general, podemos decir que toda la obra colectiva de salvamento patrimonial de la cultura popular, incluida la recopilación de cantos y músicas de carácter tradicional de la que formaba parte, fue no solo interrumpida por la guerra que asoló el país en 1936, sino olvidada, perdida, sepultada por la enorme capa de silencio que impuso sobre la investigación, la educación y la cultura republicana la dictadura que la sucedió.
En 1991, cuando se cumplieron 50 años de su publicación en Estados Unidos, Música y poesía popular de España y Portugal fue reeditada, con colaboraciones de Israel J. Katz, Miguel Manzano y Samuel Armistead (Schindler, 1991). Sin embargo, la pérdida documental y de la memoria de esta recopilación de música y canciones peninsulares, solo ahora, con la puesta a disposición de la ciudadanía de este patrimonio de una importancia y valor que es difícil de calcular, se recupera y sirve a los objetivos con que se llevó a cabo.