papagayo Rodolfo

El papagayo del emperador Rodolfo II,
una mascota extremadamente querida
por el monarca.
ÖNB, Viena, Sammlung von Handschriften und alten Drucken (HAN), Cod. Min. 42   

Bestiario

El papagayo hispanohablante y sus parientes

Desde los tiempos antiguos, los papagayos pertenecieron al mundo de las mascotas y los amigos del hombre. Su gran popularidad se debe principalmente a que algunos de sus hábitos y habilidades, especialmente la capacidad de "hablar" y parodiar, pero también su longevidad, se consideraban humanos. También aparecían en varias alegorías, evocando la estupidez humana, la intemperancia y la embriaguez.

Aunque los papagayos eran conocidos por los europeos mucho antes del encuentro con el Nuevo Mundo, se convirtieron, junto con los armadillos, en uno de los atributos más representados de América (en mapas, alegorías de los continentes, etc.). Ya Cristóbal Colón, a la vuelta de su primer viaje, llevó a bordo de la Niña algunos papagayos, que en su discurso aparecieron representados como una de las pruebas que atestiguaban la riqueza de los territorios recién descubiertos. En el México antiguo, sus plumas tenían un valor simbólico (aunque no tan importante como las plumas del quetzal o colibrí, enlace a la ficha “Plumas coloridas, más caras que el oro”) y eran empleadas por los amantecas, los artesanos del arte plumario. En Europa, los papagayos se convirtieron en uno de los artículos frecuentemente demandados y regalados entre los aristócratas. Un papagayo “comunicativo y de buen carácter” entretuvo al emperador Carlos V en sus últimos días en el Monasterio de Yuste. Era un regalo de su hermana Catalina, una gran coleccionista, apasionada por todo lo lujoso y lo exótico.

También el emperador “manierista” Rodolfo II tenía en su corte de Praga varios papagayos: pintados, incrustados, disecados y también vivos. Entre ellos destacó una cacatúa blanca, según los testimonios de los cronistas, una mascota extremadamente querida por el monarca. En la obra de uno de estos cronistas, el jesuita Bohuslav Balbín, aparece la siguiente descripción del ave: era grande como una gallina, todas sus plumas eran más blancas que la nieve, en fin, se asemejaba significativamente al loro de Aldrovandi. Su comportamiento era amable y suave. Cuando se enfadaba o “vivía otras emociones”, levantaba su moño. Y también hablabla, en español, naturalmente. Encontramos otro testimonio sobre el loro de Rodolfo en el diario de un caballero francés, Pierre Bergeron, quien visitó Praga en el año 1600. Bergeron aseguró haber visto el gran loro blanco de Rodolfo el viernes 28 de julio, durante la visita a la corte del emperador.
Menciona que el ave tenía cinco plumas amarillas en su cabeza y añade una información importante: el animal fue donado a Su Majestad por el "Rey de España", es decir, por el tío de Rodolfo, Felipe II. Esto también explica las "habilidades lingüísticas" del loro, que no eran extrañas en la Praga rodolfina. La discrepancia sobre el color de las plumas del moño puede ayudarnos a evaluar su representación en la época, concretamente la que aparece en el llamado Códice 42. Él códice formó parte del llamado “Museo cartáceo” de Rodolfo II, creado por varios artistas, entre otros, Arcimboldo, Hoefnagel o Fröschl. Este gabinete virtual de curiosidades no contenía únicamente la fauna y la flora exótica que se podía ver en la corte rodolfina, sino sobre todo la que allí, en el corazón de la Europa, solo podía ser deseada e imaginada. 

HISPANEMA. UNA CÁMARA DE MARAVILLAS EN LA EUROPA CENTRAL

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