La pieza del mes de la BTNT

Aquelarre. Los Contemporáneos

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Ante la proximidad de la festividad de Halloween, presentamos hoy la novela corta Aquelarre, que nos servirá como punto de partida para hablar de una de las colecciones literarias más populares de comienzos del siglo XX: Los Contemporáneos.

A principios del siglo XX hizo su aparición la novela corta, un género literario que alcanzó un notable éxito entre el público. Su consolidación fue posible gracias a la concurrencia de varios factores. Durante estos años se produjo un progresivo descenso del analfabetismo, al tiempo que aumentaba la incorporación de la mujer a la lectura. Asimismo, las clases trabajadoras urbanas accedieron a la literatura, que dejó de percibirse como un ámbito reservado a las élites. Surgió así un interés creciente por la lectura, convertida en una de las formas más asequibles de entretenimiento y acceso a la cultura.

Las empresas editoriales supieron responder a esta demanda mediante el lanzamiento de colecciones periódicas de literatura breve, que fueron recibidas con entusiasmo por los lectores. Entre ellas destaca Los Contemporáneos, una publicación que reprodujo el modelo de la primera colección de este tipo editada en España: El Cuento Semanal.

Ambas fueron fundadas por Eduardo Zamacois, quien, tras mantener un conflicto con la viuda de su socio en torno a la propiedad de la primera cabecera, decidió abandonarla y fundar inmediatamente la segunda, concebida como una réplica de la anterior. Durante algunos meses la competencia entre ambas publicaciones fue evidente, hasta que el éxito de Los Contemporáneos terminó por desbancar a El Cuento Semanal, cuyo último número apareció el 12 de enero de 1912.

Zamacois, escritor y editor de origen vasco, supo aprovechar el momento y diseñó una colección que reunía varias de las características clave de su éxito. Para ello contó con autores españoles ya consagrados y populares entre los lectores, como Joaquín Dicenta, Emilia Pardo Bazán o Ramón Pérez de Ayala, entre otros.

La editorial publicó cuidadas ediciones en papel de calidad. Inicialmente adoptaron el formato de revista y, más adelante, pasaron a editarse en un tamaño próximo al del libro de bolsillo. Los textos se complementaban con ilustraciones y llamativas cubiertas concebidas como reclamo para el público.

Para su realización se contó con destacados artistas de la época, como Juan Francés, Rafael Romero Calvet e Inocencio Medina Vera.

A ello se sumaba el reducido precio de venta, fijado en 30 céntimos por ejemplar, una cantidad que disminuía aún más para quienes optaban por la suscripción. Con el tiempo se lanzó incluso una edición económica de 20 céntimos, impresa en papel de menor calidad y con ilustraciones monocromas.

El éxito tanto del género como de estas colecciones se vio reforzado por la convocatoria de certámenes literarios que animaban a los autores noveles a presentar sus obras. Los trabajos eran valorados por los propios suscriptores mediante el envío de los vales de votación impresos al final de cada publicación. Este sistema no solo proporcionaba nuevos autores y títulos a la editorial, sino que también contribuyó a dar a conocer a muchos escritores.

El primer número de Los Contemporáneos vio la luz el 1 de enero de 1909 con la obra El lobo, de Joaquín Dicenta. A lo largo de su trayectoria se publicaron un total de 897 números, hasta su desaparición el 1 de abril de 1926, fecha en la que se publicó El marqués de Bradomín, de Ramón del Valle-Inclán. Con periodicidad semanal, la publicación salía a la calle cada viernes. Como ocurrió con otras colecciones de la época, su trayectoria fue azarosa y estuvo marcada por cambios de imprenta, dirección y propiedad. Pese a ello, llegó a convertirse en la revista literaria más longeva de España.

La colección experimentó además un cambio de denominación, pasando a llamarse Los Contemporáneos y los Maestros entre 1913 y 1915, para recuperar posteriormente su título original.

El ejemplar que presentamos hoy corresponde a Aquelarre, número 102 de la colección. La obra fue presentada al certamen literario de 1910 bajo el lema «Los Caprichos» y, según consta en la plica del concurso, su autor fue José María Aguirre Escalante.

Las ilustraciones son obra de Rafael Romero Calvet, artista malagueño vinculado tanto a la tertulia del Café de Pombo como a la Residencia de Estudiantes. Gran amigo de Ramón Gómez de la Serna, destacó por unas creaciones que llamaban la atención por su originalidad y su carácter singular.

Y qué mejor manera de acercarnos a estas populares publicaciones que a través de Aquelarre, cuya narración misteriosa y fantástica encaja perfectamente con el ambiente de Halloween.

El texto completo de Aquelarre puede consultarse a través de SIMURG, el portal de fondos digitalizados del CSIC.

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