Acerca de Julián Ribera Tarragó

Semblanza

Julián Ribera Tarragó nació en 1858 en Carcagente (Carcaixent) en la provincia de Valencia, un lugar al que permaneció ligado sentimentalmente toda su vida y que no abandonó nunca del todo, a pesar de que su oficio de catedrático de lengua árabe y de historia de la cultura y la civilización arábigas le llevó a residir lejos de allí. No dejó nunca de pasar las vacaciones en su casa de Puebla Larga (La Pobla Llarga), a pocos kilómetros de Carcagente, donde se ocupaba del naranjal, que había heredado de su acomodada familia, y donde recibía a sus colegas y amigos universitarios que pasaban largas temporadas en compañía de su hospitalaria familia. Primero fue catedrático en Zaragoza, donde ejerció la docencia entre 1887 y 1905, y luego en la Universidad de Madrid, ciudad en la que residió hasta su jubilación, fecha en la que regresó a Puebla Larga, donde falleció en 1934. Ingresó en la Real Academia Española en 1912 y en la Academia de la Historia en 1915.

Fue discípulo del arabista oscense Francisco Codera Zaidín (+ 1917), quien sentó las bases metodológicas para convertir el arabismo en España en una disciplina académica, cuyos investigadores pudiesen competir con sus homólogos europeos en las ciencias de la filología árabe y la islamología. Junto con Codera inicia la publicación de las Fuentes Arábico-Hispanas, una magnífica colección de ediciones de obras andalusíes, que publican entre los últimos años ºdel siglo XIX y los primeros del XX y que siguen siendo obra de referencia hoy día.

Ribera no solo destaca como arabista, sino que se interesa por cuestiones muy diversas, en las que profundiza. Cabe destacar entre ellas, su dedicación a la musicología y a la pedagogía. En el primer campo destacó con una obra en la que ponía música a las Cantigas (1922), que llamó la atención de gran número de especialistas de otros países. En el terreno de la pedagogía desarrolló una ideología contraria a la del krausismo de la Institución Libre de Enseñanza.

En 1900 fundó con su colega y gran amigo Eduardo Ibarra la Revista de Aragón; y, posteriormente, junto a otros profesores de su tiempo, entre los que cabe destacar a Rafael Altamira y a Ramón Menéndez Pidal, la revista Cultura Española, cuyo propósito fue crear una revista científica universalista, sin un reducido carácter local o regional. A pesar de los pocos números publicados, Cultura Española puede considerarse el primer esfuerzo intelectual en nuestro país por aunar expertos en disciplinas diferentes y aplicar una metodología moderna y rigurosa en los campos de la historia, filología, filosofía, etc.

Se rodeó de numerosos discípulos, entre los que destaca su amigo el arabista Miguel Asín Palacios, fallecido en 1942. Mantuvo contactos intelectuales y correspondencia con un amplio círculo de intelectuales españoles y europeos dedicados a distintas disciplinas, con los que mantuvo una dilatada correspondencia y un frecuente intercambio de información científica.

En 1928 se agruparon y reeditaron, con motivo de su jubilación, gran número de artículos suyos en dos volúmenes titulados Disertaciones y Opúsculos. Con posterioridad a su muerte, se publicaron otros trabajos suyos en Opúsculos dispersos (Tetuán, 1952).