Acerca de Ramón Menéndez Pidal

Semblanza

RAMÓN MENÉNDEZ PIDAL

(La Coruña, 1869 - Madrid, 1968)


    RAMÓN MENÉNDEZ PIDAL es el maestro reconocido de la Filología Española. Nació en La Coruña, aunque siempre se consideró asturiano y conservó en su forma de hablar algunos rasgos que lo identificaban como tal. Fue el pequeño de seis hermanos, en una familia tradicional, de padre juez y magistrado. Hasta los 14 años estudió en Oviedo y después en Madrid, pero volvía por los veranos a Pajares, donde junto a su hermano Juan, casi 12 años mayor, desarrolló aficiones folclóricas y dialectológicas y un gran amor por la naturaleza, al tiempo que disfrutaba con la esgrima, la fotografía y el montañismo.

Menéndez Pidal

    Aunque su madre hubiera preferido que fuera ingeniero, Ramón Menéndez Pidal se inclinó pronto por las Letras. Acabó sus estudios en 1890 y se dedicó a leer a Diez, a Meyer-Lübke, a Gaston Paris y a completar su formación, haciendo estudios de doctorado con Marcelino Menéndez Pelayo, alumno de Milá y Fontanals, cuya obra admiraba. Su vocación choca entonces con la falta en España de una filología moderna y científica, porque, mientras Europa desarrollaba el método histórico-comparativo, en España –señala Lapesa- “la investigación de la lengua medieval y de nuestros dialectos estaba en manos de alemanes, franceses, suecos y algún norteamericano”. La convocatoria, en 1892, por parte de la Real Academia Española de un concurso sobre Gramática y Vocabulario del Poema del Cid, marcó la orientación de sus primeros trabajos. Menéndez Pidal decidió hacer, además de lo requerido, una edición del manuscrito, que pertenecía entonces a su tío Alejandro Pidal. A partir de este trabajo, siempre consideró “inseparables la historia lingüística con la historia literaria (crónicas métricas, poesía épica) y con la historia política y social (personajes, instituciones, sucesos”. Amante de la literatura tradicional, buscó construir, a partir de los textos transmitidos, la historia de la lengua y la historia de la literatura española, en un trabajo que consideraba colectivo. Desde el estudio sobre el Cid, su investigación se fue entrelazando con los textos cronísticos, en su “teoría del desarrollo multisecular, ininterrumpido de la épica, su vida en refundiciones, la explicación de los romances como refundiciones tardías de los poemas”.

    Con este enfoque, Menéndez Pidal adoptó las técnicas investigadoras del positivismo y se caracterizó desde el principio por su rigor sistemático, en contraste con Menéndez Pelayo, al que admiraba. Apunta Dámaso Alonso: “La labor de Menéndez Pelayo es sintéticamente inmensa; la de Pidal, inmensamente analítica. Menéndez Pelayo trabaja con su genial intuición; Menéndez Pidal, con su poderosa capacidad inductiva, precedida de cuidadoso, riguroso y pormenorizado análisis. El método Pidal está en profundo contacto con lo que la ciencia europea había ido elaborando y perfeccionando a lo largo del siglo XIX.”

    De familia conservadora, Menéndez Pidal fue un liberal vinculado en muchos aspectos a la Institución Libre de Enseñanza, fundada en 1876, origen del Instituto Escuela, la Junta para la Ampliación de Estudios y el Centro de Estudios Históricos, marcados todos por un liberalismo abierto al extranjero. Su concepción historicista de España, también heredada del liberalismo, se apoyaba en la unidad nacional y en un pasado glorioso que tenía a Castilla como entidad vertebradora. Poco sociable, poco brillante en su forma de exponer y poco dado a la vida política y social, pronto apuntó maneras de sabio riguroso. En 1896 imparte con éxito escaso sus primeras conferencias en los Estudios Superiores del Ateneo, sobre Los orígenes de la lengua castellana, y publica La leyenda de los infantes de Lara, libro muy elogiado por su método. En 1899, a los treinta años, gana la cátedra de Filología comparada del latín y del castellano en Madrid y un año después se casa con María Goyri, una universitaria vinculada a la Institución Libre de Enseñanza, apasionada, como él, por el excursionismo. Hicieron el viaje de novios por los caminos del romancero en Castilla la Vieja y desde entonces hasta su muerte, en 1954, María Goyri lo acompañó en la vida y en las investigaciones sobre los romances.

    La carrera de Menéndez Pidal como investigador avanza imparable y en 1902 es elegido académico de la Española. Publica en 1904 el Manual de Gramática Histórica que por primera vez aplica métodos científicos al estudio de la Filología Hispánica; en 1906, la Primera Crónica General y El dialecto leonés. Un año después se crea la Junta para la Ampliación de Estudios, organismo autónomo que tenía por objeto conseguir, a través de la formación en el extranjero de jóvenes investigadores, que España alcanzase científicamente a las naciones más avanzadas, y a cuya actividad estará muy unido, llegando a ser su vicepresidente bajo la presidencia de Ramón y Cajal. En 1908 publica el primer tomo de Cantar de Mio Cid. Texto, gramática y vocabulario y un año después, muy reconocido ya internacionalmente, da conferencias en París y en Estados Unidos sobre L’ Épopée castillane à travers la Littérature Espagnole. En 1910 habla en Nueva York sobre El Romancero Español, pero este año resulta especialmente importante porque se crea el Centro de Estudios Históricos, en el que Pidal desarrolló durante más de dos décadas una gran labor como maestro de varias generaciones de filólogos españoles, entre ellos, Tomás Navarro Tomás, Américo Castro, Antonio García Solalinde, Federico de Onís, Amado Alonso, Dámaso Alonso, Samuel Gili Gaya, Rafael Lapesa y Alonso Zamora Vicente. En 1911 publica con gran éxito los tomos II y III de su obra sobre el Cid y al año siguiente es elegido miembro de la Academia de la Historia, en la que ingresará en 1916 con un discurso sobre la Crónica General de España.

    1914 es el año en que funda la prestigiosa Revista de Filología Española, que dirige hasta el tomo XXIV (1937), donde aparecerán los resultados de las principales investigaciones de la Sección de Filología del Centro de Estudios Históricos, trabajos de importantes filólogos extranjeros y donde él mismo publica estudios tan importantes como “Elena y María”, “Poesía popular y romancero”, “Roncesvalles. Un nuevo cantar de gesta español del siglo XIII”, “Sobre geografía folklórica. Ensayo de un método”, etc., y una colección de Anejos que traduce los textos filológicos fundamentales y edita manuales imprescindibles. También en 1914 viaja como conferenciante a la Argentina y a Chile, donde se ocupa de las Academias correspondientes. En lo relativo a la guerra europea, se muestra abiertamente partidario de la causa aliada. Son años duros, en los que la JAE tiene que suspender las pensiones para investigar en el extranjero. En 1919 aparece el primer tomo de sus Documentos Lingüísticos de España y en 1920, La primitiva poesía lírica española. Un homenaje organizado por el Centro de Estudios Históricos, publicado en 1925, reúne en tres gruesos volúmenes los trabajos que le dedican ciento treinta filólogos y lingüistas, y ese mismo año es nombrado director de la Real Academia Española. En 1926 publica Orígenes del español, donde vincula la historia lingüística de Castilla a la historia general, trabajo muy elogiado por los romanistas. Según Dámaso Alonso, “una obra no sólo capital en la obra del maestro, sino en la bibliografía científica de todo el siglo veinte mundial”, en la que desarrolla el concepto fundamental de estado latente en el marco de su teoría del cambio lingüístico. Siguen años intensos, con problemas derivados de la difícil situación política hasta la proclamación de la Segunda República, años, sin embargo, de muchas publicaciones y de puesta en marcha de grandes proyectos, como el Atlas Lingüístico de la Península Ibérica, que dirigirá Navarro Tomás, o la gran Historia de España. En 1928 publica Flor nueva de romances viejos. El Romancero. Teoría e investigaciones; en 1929, La España del Cid.

Cuestionario

    Después llegan la guerra civil, el exilio, la preocupación por las personas queridas y por sus archivos, y finalmente el duro regreso en 1939, cuando las circunstancias políticas lo obligan a dimitir como director de la Real Academia. Privado del Centro de Estudios Históricos y de sus colaboradores, decide retirarse a trabajar en su casa de la Cuesta del Zarzal, en Chamartín, donde recibía a sus amigos. “A esta vida interior concurre y me inclina mi modo de ser poco dado al trato social difuso […]. Me bastan los pocos amigos con quienes comparto ideas de trabajo y de vida”. Durante esos años mantuvo su carácter riguroso y discreto, que rehuía lo público y daba a su investigación –son palabras suyas- “como deporte personal y privado, una austeridad privada de todo peligro efectista”. Amparado por el reconocimiento y los honores internacionales que siguió recibiendo, y por su gran prestigio, volvió a dirigir la RAE a partir de 1947, puesto desde el que preservó el nombre de los académicos exiliados. Hasta los últimos años de su larga vida siguió trabajando y publicando importantes estudios.

    No cabe duda de que Menéndez Pidal disfrutó con su trabajo de investigador: “no tratar a medias los problemas, sino con total plenitud, abordando los problemas laterales, ensanchando el campo; y así el concurso sobre el Cid me exigió tratar las Crónicas, en que el texto está prosificado; las Crónicas me llevan a los Cantares de Gesta; los cantares a los romances, los cantares y romances a la tradicionalidad, una de mis preocupaciones. La Gramática del Cid me lleva a la lengua preliteraria, Orígenes; y Orígenes, a Leyes fonéticas. El texto del Poema me obliga a localizarlo, reconstrucción de la familia Beni Gómez; los documentos del IX al XII reconstructores de la España del Cid, del infante García, del imperio leonés, de Sancho el Mayor u otros sectores totalmente desatendidos. El metro del poema me lleva al estudio del metro irregular...” Este rigor ejemplar lo aplicó al estudio de la Filología, apoyado en una idea de España que compartía con su generación, y con otros historiadores y filólogos del Centro de Estudios Históricos.


Pilar García Mouton

ILLA (CCHS) – CSIC