En memoria


Imprimir

JOSÉ MANUEL BLECUA TEIJEIRO (1913-2003)


Caballero. Filólogo. Maestro


No he tenido oportunidad de tratar a D. José Manuel Blecua y lo siento. Sí lo he tenido presente siempre de múltiples formas. La última vez que hablé de él (de su salud) fue en los días del 17 al 21 de febrero porque sus hijos José Manuel y Alberto se habían encargado en esas fechas del ciclo sobre El Quijote del Curso de Alta Especialización en Filología Hispánica que dirijo en el Instituto de la Lengua Española del CSIC. Llevaba ya tanto tiempo enfermo que se podía decir que no había novedad especial en esos días, pero también que su tránsito era esperable en cualquier momento.

D. José Manuel ha sido, para mí como para tantos otros de los que nos dedicamos a los menesteres de la filología española, la figura fascinante del hombre sin enemigos. Eso que es tan difícil lograr en el mundo y en los mundillos académicos. Oí hablar bien de él a Manuel Alvar, Fernando Lázaro Carreter, Félix Monge, Tomás Buesa entre los que, supongo, serían alumnos de primera hora en el Instituto "Goya" de Zaragoza. También a otros que lo fueron más tarde en ese instituto o en la Universidad de Barcelona: Francisco Rico, José Carlos Mainer, Aurora Egido y un largo etcétera. Y a los que no fueron directamente discípulos suyos (todos lo hemos sido, en un grado u otro, indirectamente a lo largo de la segunda mitad del siglo XX). Leonardo Romero Tobar, catedrático de la Universidad de Zaragoza, me comentaba un día que, paseando con él en un precioso atardecer, se volvió de pronto y le espetó: "te regalo ese paisaje". Así de entusiasta era D. José Manuel.

Todos sus alumnos coinciden en su capacidad para transmitir también su entusiasmo por la literatura. Varios grandes filólogos reconocen que deben esta vocación a su magisterio. Era uno de esos educadores forjados en el clima de la Institución Libre de Enseñanza para los que la materia de enseñanza se fundía en un todo con el ideal íntegro de la educación.

Como filólogo, ha hecho una aportación sustancial al conocimiento erudito y documental de la literatura española por los itinerarios que había marcado D. Marcelino Menéndez Pelayo, actualizado con el magisterio de Menéndez Pidal. Estudió la literatura medieval, la Edad de Oro y la poesía en general. Entre sus trabajos destacan la edición del Libro Enfinido y del Conde Lucanor, de D. Juan Manuel, del que publicó más adelante su obra completa. Otras ediciones muy destacables fueron las de la poesía completa de los hermanos Argensola, de la obra de Fernando de Herrera, de la poesía lírica de Lope de Vega, y de Quevedo. Para mí, como para tantos otros, su memoria quedará indisolublemente unida a la edición crítica de la poesía de Quevedo en la editorial Castalia. Importantes son también sus ensayos sobre la poesía de Jorge Guillén (en colaboración con Ricardo Gullón) y su edición de Cántico.

Seguramente no he coincidido más con D. José Manuel porque mi dedicación a las cuestiones más bien teóricas del lenguaje literario y los compartimentos académicos, además de la diferencia generacional, me han llevado por circuitos diversos. En esta hora, se hace especialmente nítida para mí la necesidad de atender la advertencia de T. S. Eliot sobre los derechos de la erudición. Nunca he dudado de ellos, pero, en todo caso, en mi nombre y en el de otros muchos, debo dejar constancia de ello aquí. Por la obra bien hecha que nos deja. Por esa pulcra erudición, gracias, maestro.


Miguel Ángel Garrido Gallardo
Presidente de la Asociación Española de Teoría de la Literatura
Instituto de la Lengua Española (CSIC)





Especiales de la Biblioteca Tomás Navarro Tomás